NO SE LO DIGAS A NADIE (1998)

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La adaptación del cineasta Francisco Lombardi de la novela de Jaime Bayly No se lo digas a nadie es sin duda una película pionera en el cine peruano y latinoamericano por retratar con honestidad (y audaces secuencias con desnudos masculinos frontales) tanto la existencia del homoerotismo en las sociedades del continente como la hipocresía estructural utilizada para invisibilizarlo. No obstante, mientras se construye una narración que critica directamente el machismo y la hipocresía de la clase alta de Lima termina apelando a una representación de la homosexualidad marcadamente negativa.

No se lo digas a nadie cuenta la historia de cómo Joaquín Camino, un joven perteneciente a una familia tradicional de clase alta de Lima, hace las paces con su homosexualidad. Su padre es un hombre clasista, machista y racista, con un bigotito que recuerda al de Hitler; su madre es una ama de casa marcada por un catolicismo moralista que la sustrae de un matrimonio que parece ser simplemente una convención social. La primera parte de la película muestra cómo Joaquín, en su infancia y adolescencia, lucha con la constatación de su deseo homosexual mientras se encuentra bajo la abrumadora influencia materna y paterna. La segunda parte nos presenta a un Joaquín que ha logrado tomar cierta distancia del dominio familiar y ha empezado a construir un nuevo y reducido círculo social en la universidad, en donde experimenta con el alcohol, las drogas y el sexo, tanto con hombres como una joven, Alejandra, quien termina siendo su novia por un tiempo. Luego de entrar en una relación intensa con Gonzalo, el prometido de una amiga de su novia, Joaquín intenta tener con él una relación de pareja, a lo cual el primero se niega rotundamente. Este rechazo genera una ruptura emocional en el protagonista que lo lleva casi a la muerte por el abuso del alcohol y drogas. La tercera parte de la película sigue a Joaquín durante un breve periodo de exilio en Miami, que termina cuando se encuentra con Alejandra y decide volver a Lima a terminar sus estudios y a reintentar tener una relación con ella mientras permanece abierto a seguir encontrándose con Gonzalo de manera clandestina.

Alejandra (Lucía Jiménez) y Joaquín (Santiago Magill).

Con toda seguridad, el relato de Joaquín en No se lo digas a nadie da la oportunidad a Lombardi de exponer de manera crítica la estructura patriarcal de una sociedad tradicional en donde (aunque nunca se explique el porqué) se puede ser ladrón, asesino, traficante de drogas, abusador o cualquier otra cosa moralmente cuestionable, excepto “maricón”. El padre del protagonista encarna todos los valores de esta sociedad y hace las veces de guía y legitimador de esta estructura a los ojos de su hijo. Al principio de la narración Joaquín pasa por tres momentos rituales a través de los cuales la figura paterna, como emisario de esta sociedad, pretende enseñarle cómo ser hombre, especialmente ante la sospecha de que Joaquín es un “rosquete”: primero, la incitación a engancharse en una pelea de boxeo con su padre; segundo, participando de una jornada de cacería en una de las fincas de la familia; y tercero, la visita a un prostíbulo para perder la virginidad, regalo paterno por la graduación del colegio del hijo. Aunque en sentido estricto Joaquín no logra pasar estos rituales de manera exitosa, su experiencia en ellos lo alecciona en la hipocresía necesaria para prosperar en su ambiente social.

Esto último refleja la hipocresía de esta sociedad machista que funciona gracias al silencio (“no se lo digas a nadie”), los mecanismos de control, especialmente la religión, el prestigio social y la violencia, y la invisibilización de los deseos homosexuales. Irónicamente, para que exista esta manera de funcionar se debe hacer un reconocimiento implícito de la homosexualidad, pues ¿qué necesidad de silenciar, controlar e invisibilizar algo que no existe? Esta contradicción atraviesa la película y el dilema existencial de Joaquín, pues se comprende que sólo es posible tener relaciones homosexuales (principalmente sexo) si se realiza tras una fachada que se ajuste, en lo personal, a la norma de casarse con una mujer y tener hijos, y en lo público, al discurso homofóbico. Ejemplo claro de esto es Alfonso, uno de los amigos y amantes de Joaquín, quien termina casado y esperando un hijo, y pese a reconocer que le gusta el sexo con hombres, protagoniza una escalofriante escena de violencia física y verbal hacia una trabajadora sexual trans.

Joaquín (Santiago Magill) y Gonzalo (Christian Meier).

Ahora bien, esta dura crítica a la sociedad limeña hace concesiones en cuanto a la representación de la homosexualidad, que quizá se hacen más evidentes dos décadas después de la realización de la película. Para comenzar, todos los personajes se refieren de manera negativa a los deseos homosexuales de Joaquín. En un momento de intimidad Alejandra le dice: “ya se te pasará, eso es un trauma, yo sé que eres normal”, opinión que nunca se controvierte en el texto de la película. Incluso pareciese que Joaquín nunca termina de aceptarse, ni siquiera cuando momentáneamente es capaz de afirmarse homosexual ante sus padres, verdad que a la postre es omitida tanto para él mismo como para su entorno cercano. El único personaje que le plantea como posible su gusto por los hombres es la prostituta con quien intenta perder la virginidad, pero su comentario no es bien recibido por el confundido Joaquín. Aún más, en términos del tipo de relaciones homosexuales que se construyen, todas ellas se circunscriben al nivel de la sexualidad genital y nada más. Esto queda claro en la analogía que hace Gonzalo entre ser vegetariano y desear un trozo de carne y tener sexo con mujeres y con hombres, “pues siempre será necesario comerse un trozo de carne”. Dicha conversación, además, enmarca el homoerotismo casi de manera exclusiva en un ámbito de agresividad y violencia que está alineado con la homofobia estructural de dicha sociedad que se critica. Por esto mismo la intención del protagonista de establecer una relación afectiva con otro hombre, de esas de “salir de la mano a la calle”, es efímera y pronto desaparece como una realidad posible. Finalmente, los cuerpos de los hombres homosexuales corresponden al modelo de belleza tradicional y a las maneras heteronormativas de ser masculino. Así como sucede con la película en general, si bien la utilización de estos modelos y maneras posibilita la representación de una identidad gay que asuma en la pantalla la forma ciertas masculinidades asignadas únicamente a los personajes heterosexuales, al mismo tiempo se excluyen otros cuerpos (no blancos, no delgados) y otras formas de expresión más cercanas a la feminidad (como sucede con la mujer trans mencionada o la condena al amaneramiento, que atraviesa la película).

Recuerdo bien cuando vi No se lo digas a nadie hace casi 20 años; fue la primera vez que vi en la pantalla a dos hombres interactuando sexualmente, lo cual fue significativo en su momento. No obstante, con el pasar de los años me resulta una película profundamente triste. Sin negar cuán poderosa es su crítica a esta sociedad mojigata ni que es un hito por mostrar una realidad socialmente vetada durante los 90 (como lo evidencian tantos intentos de censura por parte de varios sectores sociales), también es una película que encasilla en un espacio bastante reducido qué significa ser gay en Latinoamérica. Todavía más, da a entender que la única posibilidad de existir como homosexual es doblegarse ante el sistema patriarcal y entrar en su dinámica de hipocresía y silencio. Algo similar sucede por parte de los personajes femeninos, cuya representación en esta película también ameritaría un análisis profundo (la mamá católica cómplice del patriarcado, la novia homofóbica que pretende curar a Joaquín, la prostituta silenciada, la empleada del servicio doméstico abusada sexualmente). En cualquier caso, vale la pena acercarse a esta película para reconocer los pasos que se han dado tanto en el cine como en los países latinoamericanos en el reconocimiento de las identidades queer, la amplitud y fluidez de sus personalidades y cuerpos, y su diversidad de expresiones.

Referencias. Foster, David W., Queer Issues in Contemporary Latin American Cinema, 2003.

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