EL RÍO DE LAS TUMBAS (1965)

El río de las tumbas (1965), ópera prima de Julio Luzardo, si bien por momentos parece tan sólo un relato costumbrista que pone en pantalla los arquetipos asociados a las poblaciones rurales de Colombia (el bobo, el alcalde, el cura, la policía, los reinados populares), en realidad es una historia sobre la amenaza ineludible de la muerte violenta, la que llega en forma de cadáveres anónimos a través del río, y sobre la dificultad para procesarla de una sociedad que prefiere estar de espaldas a la tragedia.

La película abre cuando un grupo de hombres armados arroja al río a un hombre amordazado y atado de manos y pies. El cuerpo de este personaje anónimo es llevado por la corriente del río hasta las orillas de un pueblo cuyo nombre desconocemos, pero que podría ser cualquiera a la ribera de alguno de los grandes ríos que atraviesa este país. El bobo de este pueblo, Chocho, encuentra el cadáver y alarmado se apresura a alertar sobre el hallazgo. Con un habla intrincada da aviso sobre el muerto, pero nadie parece prestarle atención: el recién llegado alcalde lo ignora desde su cama donde está agobiado por la indigestión y el calor, el cabo de la policía permanece dormido plácidamente en una banca de la plaza central, y el cura simplemente quiere que Chocho entre a la capilla a misa. Sólo con la ayuda de su hermana Rosa María, una joven que administra la cantina local y cuyos padres han sido asesinados, logra que se haga el levantamiento del cadáver. Para resolver la situación el alcalde decide avisar a la capital, de donde envían a un investigador que, si bien al principio parece resuelto a resolver el crimen, termina resignado a la indiferencia ante la muerte que domina al pueblo. Más adelante, Chocho encuentra un nuevo cadáver en el mismo sitio, a lo que el cabo responde devolviéndolo a la corriente mientras dice: “para el alcalde del otro pueblo”. La película cierra con el asesinato del pretendiente de Rosa María, un antiguo guerrillero de las Llanos Orientales, abaleado por los mismos hombres armados del principio.

Chocho con su burro.

Creo que la historia de El río de las tumbas, en primer lugar, hace una crítica a la ineficacia y la indiferencia de las autoridades locales ante las manifestaciones violentas del conflicto, uno que si bien nunca es explícito en la película, es palpable de principio a fin. Si bien la secuencia inicial, la aparición del personaje del investigador y la pregunta sobre la identidad de los asesinos parecieran indicar que estamos ante una película con una suerte de género policíaco, que resolverá la pregunta sobre quiénes son las víctimas y victimarios, esto nunca sucede. Por el contrario, el director nos presenta las autoridades civiles y eclesiásticas más preocupadas por sus pequeñas luchas personales, casi todas ellas egoístas, que por comprender el origen de los cadáveres: el alcalde perezoso sólo busca aliviar el calor asfixiante y agradar al candidato político de turno para conseguir un puesto, el cura se opone al alcalde hablando mal de él en sus homilías y le paga a niños para que quiten los carteles políticos que hay en el pueblo, el policía está más preocupado por la burla de uno de sus paisanos que por los muertos que trae el río. Esto mismo sucede con el investigador enviado desde Bogotá, quien, sin dar una explicación sobre el cadáver, decide quedarse a las fiestas locales con la anuencia del alcalde, quien le da un documento para justificar su estancia prolongada como si fuera de trabajo. Pareciera que de la misma manera en que no logran descifrar lo que dice Chocho, estos hombres son incapaces de explicar lo que sucede en el pueblo.

En segundo lugar, creo que la película de Luzardo permite una lectura sobre la negación de la violencia en la sociedad colombiana. El silencio sobre la identidad de los responsables de los asesinatos en El río de las tumbas para mí no es una falta de análisis sobre las causas de la violencia, sino que es una alegoría sobre una nación que no termina de asimilar la presencia siempre acechante de la muerte violenta. La película representa esto a través del silencio y la quietud, pero también del ruido y el movimiento. Por una parte, los personajes constantemente hacen referencia a la tranquilidad del pueblo y a la imposibilidad del asesinato en un lugar tan tranquilo como ese, “probablemente sea suicidio”, le dicen al investigador, como si fuera imposible aceptar la idea de un asesino cerca. Ese silencio y esa quietud que los personajes repiten insistentemente como negación también aparecen en la estética de la película a través de la ausencia de música incidental y de secuencias con una cámara estática que muestra cómo los personajes se desplazan de un lado al otro del plano. Por otra parte, el ruido y el movimiento, principalmente representado en las fiestas del pueblo, son la otra cara de la negación de la violencia. En la música festiva de la verbena todos parecen olvidar lo que les ha traído el río, como si por un instante fuera posible omitir la muerte, como de hecho sucede al final de la película cuando los disparos que terminan con la vida del pretendiente de Rosa María se pierden entre el alboroto festivo.

Estos dos puntos cobran aún más significado si nos situamos en la década de los 60, en el marco del Frente Nacional y el surgimiento de nuevas fuerzas armadas al margen de la ley, cuando la revisión histórica colectiva de La Violencia y su representación en las pantallas apenas comenzaba.

Es verdad que El río de las tumbas no es una obra de maestra del cine, que su extraña combinación de comedia y drama resulta en algunos momentos desconcertante, y que el director a veces no parece ir a fondo en el desarrollo de algunos puntos narrativos. Sin embargo, es un clásico del cine en Colombia porque fue una de las primeras películas que introdujo el elemento del conflicto en el paisaje rural que presentaban las cineastas colombianos y, además, porque inauguró el tema de las víctimas del conflicto que son arrojadas a los ríos de Colombia, tragedia que todavía seguimos contando (Los abrazos del río, 2010; Los pasos del agua, 2016; El silencio del río, 2016).

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