THE SHAPE OF WATER (2017)

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Retomando una buena costumbre de nuestro blog, aquí una entrada a “seis manos”. Tres comentarios sobre la última película de Guillermo del Toro, The Shape of Water (2017).

Gloria Morales

Tal como lo hizo en El Laberinto del Fauno (2006), del Toro ubica una historia emotiva en un contexto político complejo y vergonzoso para la humanidad. En este caso, muestra a la sociedad estadounidense en medio de las medidas más radicales y directas para evitar la integración racial y su intento por permanecer en la cúspide del poderío en plena Guerra Fría. Aunque no entiendo tanto el revuelo en el número de nominaciones a los Óscar, resalto en la película la mirada respetuosa y melancólica a las películas de los años 30 y 40, y a cómo estas configuraron un imaginario de amor y de vida en quienes las consumían. También me gusta el esfuerzo por comunicar lo más sublime del amor en códigos distintos a las palabras, pues Elisa y el “asset” del laboratorio, arrojados en el planeta y solitarios, son productores de significado lejos de los sonidos articulados convencionales. Por último, la fotografía y el montaje son sorprendentes y arroban a quien se enfrenta a esa escenografía.

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Elisa (Sally Hawkins) y el monstruo, en los créditos “el hombre anfibio” (Doug Jones).

Javi Pérez Osorio

Existe un problema cuando se ve una película que está marcada por una marejada de nominaciones y premios internacionales: como espectador, las expectativas respecto a ella pueden ser demasiado altas. Por esta razón, The Shape of Water ha sido una experiencia extraña para mí, porque al terminarla no me ha parecido tan grandiosa como me la habían vendido. Es difícil sopesar en este momento si mi percepción de la película proviene de lo que “me vendieron” en todos los medios, o de ser realmente fiel a lo que vi. Habrá que dejar que los años pasen, que el ruido publicitario se apacigüe, y terminar de decantar esta película de Del Toro en mí. Ahora bien, quisiera compartir dos elementos que valoro mucho de The Shape of Water.

En primer lugar,  la genialidad de encontrarme con una película que ha sido creada por alguien que ama el cine. Así se puede percibir a través de la juiciosa utilización de la cámara, de la música, y del lenguaje narrativo del cine. Pero sobre todo se trata de un ejercicio inherente a cualquier película, pero aquí más explícito: ese entramado de alusiones a la historia del cine, ese juego con la intertextualidad que enriquece los significados, ese constante movimiento contradictorio pero necesario de (re)crear sirviéndose de una red de conceptos, temas, y representaciones que ya existen. (Algunas referencias en la película: los gestos del cine “mudo” de Charles Chaplin o Buster Keaton; las secuencias de baile de Shirley Temple, Carmen Miranda, y Fred Astaire; la melodía clásica de You’ll Never Know); la tragedia típica del amor entre la bella y la bestia, aquí repensada).

En segundo lugar, es común que se refieran a Del Toro como un autor que se divierte creando monstruos. Pero a veces pienso que al hablar de esta manera no captan la ironía del director mexicano, y su manera de invertir los papeles. En The Shape of Water nos encontramos con una serie de personajes atípicos: el monstruo (que es suramericano, además); Elisa y Zelda, mujeres que ocupan un rol social poco valorado, casi invisibles, y excluidas bien sea por su limitación física, o por su raza; Giles, un hombre mayor, homosexual, frustrado, abrumado por la manera como la fotografía ha arrebatado el valor a su talento para pintar; y un espía ruso que, más allá de querer vencer a sus enemigos norteamericanos, está interesando por el conocimiento y la ciencia. Estos personajes, los monstruosos para la sociedad en la cual ocurre esta historia, son los únicos que se comportan como humanos. Mientras tanto, aquellos que se ocultan detrás de la máscara de lo establecido, lo normal y lo “natural”, son quienes tienen comportamientos realmente monstruosos.

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Elisa (Sally Hawkins) y Zelda (Octavia Spencer).

Rafael Méndez

The Shape of Water sorprende al embarcarnos en un viaje hacia lo fantástico y normativamente señalado como irreal. La última película de Del Toro es una joya detallada que explicita la increíble capacidad metafórica del mexicano. Fueron dos detalles que me quedaron luego de haberla disfrutado. El primero tiene que ver con cómo la película es una carta de amor en tonos azules y verdes, entre una princesa, muda y atípica, y una criatura anfibia y monstruosa. Pero no es una carta cualquiera, es una carta que nos ubica en un escenario ilógico: el del amor, el deseo y la sexualidad. Esta no-lógica me fascina, pues me recuerda el disfrute y el aprendizaje (alcanzable y poderoso) de aventuras en donde no hay control, y donde el A implica B de la lógica clásica, no tiene protagonismo. Y el segundo tiene que ver con el riquísimo toque político que percibí: por un lado, la crítica evidente y directa al racismo, a la homofobia y, en general, a la no aceptación la diferencia; y por otro lado, la celebración de la simpatía (espontánea y elemental) entre los marginados. Un grito necesario de respeto a lo diverso que viene muy bien en nuestros días.

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Giles (Richard Jenkins) and Elisa  (Sally Hawkins).
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