MOONLIGHT (2016)

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“At some point, you gotta decide for yourself who you’re going to be. Can’t let nobody make that decision for you”.

Moonlight (2016) es una película memorable (una obra de arte, la han llamado) porque logra adentrarnos en una luctuosa realidad utilizando un lenguaje poético, cargado de una suavidad profundamente conmovedora. Haciendo alarde de una fotografía cuidada, de una banda sonora (Apple Music, Spotify) que intencionalmente se aleja de los prejuicios y de secuencias calladas cargadas de emoción, la película nos abraza con una amarga dulzura que hace imposible terminarla sin algo de inquietud en la cabeza y el corazón.

Moonlight es la historia, en tres actos, de un pequeño que vive el proceso de descubrir su identidad en medio de un ambiente hostil: una situación familiar marcada por la agresividad de una madre atribulada por la droga y un matoneo constante por parte de sus compañeros de colegio. Nos encontramos con nuestro protagonista en tres momentos de su vida, casi como si fueran tres personas distintas. Little (Alex R. Hibbert), el pequeño que está siempre escapando, de sus molestos compañeros, de su violenta madre que lo llama “faggot” sin que el niño lo entienda, de su mundo de ausencias y silencios; Little, que encuentra a Juan (Mahershala Ali), el expendedor de drogas cubano que hace las veces de padre para el pequeño desamparado. Chiron (Ashton Sanders), la versión adolescente de Little, con su actitud taciturna y su temor enquistado, que padece la persecución sistemática de sus homofóbicos pares y sobrelleva la explosión interior que significa descubrir, en un entorno de varonías anquilosadas, la propia sexualidad; que termina consumido por la rabia sublimada en la violencia, aparentemente la única respuesta. Y finalmente, Black (Ashton Sanders), ese hombre corpulento cuyo destino parece haber sido signado por su padre putativo, no sólo por haberse convertido casi en un calco exacto de él, sino por esa condición contradictoria que los define como hombres de una manera atípica.

Este proceso de Little/Chiron/Black está retratado de manera genial a través del increíble trabajo de tres actores que, a pesar de no ser lo mismo, al estilo de Boyhoodnos dan la sensación de ver crecer a una misma persona. Mantienen con precisión aquella tensión entre lo constante y lo variable en la personalidad de alguien durante su proceso de crecimiento, de maduración, de propio descubrimiento. Sin duda alguna, quienes los acompañan durante los tres actos igualmente derrochan una cualidad interpretativa que añade mayor intensidad a la historia, especialmente Naomie Harris, quien encarna la paradoja de una madre que no acierta a amar a su hijo sobrepasada por sus propios demonios. El mérito no sólo es de ellos, sino de su director, Barry Jenkins, quien logra componer con delicadeza un retrato íntimo de un personaje que vamos descubriendo (y armando) con un ritmo pausado y casi solemne.

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A mi manera de ver, uno de los valores más importantes de Moonlight es su aporte esencial a la reconfiguración de algunos imaginarios sostenidos en prejuicios propios de nuestro tiempo y, en gran medida, trasmitidos por los medios de comunicación masiva, entre ellos el cine. En estos tiempos de reivindicaciones culturales, raciales, sexuales, es posible caer en los estereotipos más descarados, que si bien pueden llegar a representar una porción de la realidad, también invisibilizan otra. Moonlight es un bello poema en el cual se lanzan muchas reflexiones inquietantes. Se pregunta de frente qué significa ser hombre en nuestro tiempo, enriqueciendo la respuesta retratando una masculinidad inusual, la del paternal, bonachón y abierto Juan, el dealer que no sólo da lecciones de tolerancia en el ámbito sexual, sino que llora adolorido y avergonzado consciente de los efectos de su “trabajo”. Pero también la masculinidad del mismo Black, coraza endurecida con corazón tierno, quien parece estar resolviendo a lo largo de la película cuál es ese supuesto punto medio entre rudeza y suavidad, entre fortaleza y debilidad, entre valentía y cobardía. Considero que este es el centro de Moonlight, aunque también se arremeta contra la imagen bucólica de una madre amorosa y contra los clichés propios de la cultura afroamericana.

Partiendo del hecho de que no sólo el director sino también su compañero de escritura, Tarell Alvin McCraney, autor de la obra teatral inédita sobre la cual se basa la película, son originarios de los barrios de Miami en donde acontece la historia, podemos valorar aún más el trasfondo de realismo que tiene Moonlight. Este ejercicio de darle voz a los sin voz, de retratar a los invisibles, es lo que nos permite decir que esta es una bella obra de arte. En estos tiempos, cuando la industria está más interesada en las producciones cinematográficas como medio de producción que como lenguaje artístico, Moonlight además nos reconcilia con ese cine que nos permite releer, revisar y recrear nuestra propia realidad.

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