JULIETA: ALMODÓVAR + MUNRO (2016)

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Desde hace un par de años, cuando vimos Los Amantes Pasajeros (2013), Almodóvar tenía una deuda con aquellos que hemos celebrado (reído, llorado, gozado, suspirado) su cada vez más extensa obra cinematográfica. Julieta, su vigésima película, es un buen regreso a ese mundo tan propio del director, a ese entramado de emociones, silencios, miradas, colores y canciones encarnados en la historia de “sus” mujeres.

Tengo que confesar que mis expectativas antes de ver la película eran, quizá, exageradas. Claro, encontré en ella los detalles propios que hacen sus películas inconfundibles: los colores vivos, las tomas precisas y cuidadosas, la utilización de la vestimenta de los personajes como un elemento esencial de su personalidad (¡qué tal la bata de Klimnt que utiliza Julieta!), los primeros planos que muestran mínimos detalles… Sin embargo, al terminar de ver Julieta me quedé con la impresión de que algo faltaba, tuve la extraña sensación de que podría haberse dicho más, pues al final muchas cosas centrales de la historia suceden “fuera de cámara” y no tenemos la oportunidad de verlo. En los créditos finales apareció, por fortuna, una pista que me di a la tarea de seguir para comprender mejor: la película está inspirada en tres relatos de Alice Munro llamados Destino, Pronto y Silencio, publicados el libro Escapada (2004).

Digo que seguí la pista de estos cuentos porque, tan pronto como me fue posible, conseguí el libro de Munro y lo leí con sorpresa y embeleso. El libro está compuesto de diversos cuentos, todos ellos con protagonistas femeninas: mujeres comunes (madres, hijas, amigas, esposas, amantes), que uno podría encontrarse un día cualquiera al deambular por su ciudad; mujeres sin ínfulas de heroínas, con historias sencillas acaecidas en lo cotidiano, pero cargadas de preguntas existenciales siempre presentes, nunca dichas en voz alta y pocas veces resueltas. Por eso, cuando recibió el Nobel de Literatura en 2013, en su presentación acertaron al decir que en sus historias el dolor mayor no está expresado, que “le interesa lo silencioso y lo silenciado, las personas que escogen no escoger, los que viven en los márgenes, los que abandonan y los que pierden”. En este marco se sitúan los tres cuentos que inspiran a Almodóvar, que cuentan tres momentos de la historia de “Juliet”.

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Al final, Almodóvar, pese a sentir auténtica devoción por Munro, ha dejado que los relatos sean una inspiración lejana, tanto que elementos centrales de estos cuentos varían en la película. Sin embargo, además del mundo femenino de las historias que comparten los dos autores, el “espíritu” de la escritora está presente en Julieta. Munro escribe sus cuentos de manera desafiante, en tanto que no lo hace de manera lineal; construye sus personajes poco a poco, entregando de forma deliberadamente fragmentada las piezas del rompecabezas que son, de manera quien lee esté avocado a construirlo; y, además, no recurre a los finales felices o definitivos, como si la vida de sus protagonistas acabara con el punto final de sus cuentos, sino que de manera descarada y simple nos deja en un nuevo punto de partida. Dice la misma Munro: “una historia no es un camino a seguir, sino más bien una casa. Entras y te quedas en ella un tiempo, vagando de aquí a allá, asentándote donde te place y descubriendo cómo la habitación y los pasillos conectan entre sí, cómo el mundo exterior se altera al ser visto desde estas ventanas”. Así mismo sucede en Julieta.: se necesita “pasar tiempo” con ella, darse la oportunidad de caminarla, mirarla, sentirla; revisitarla para ver cómo es posible armar el rompecabezas completo a punta de encontrar nuevos detalles, de comprender mejor un diálogo o de escudriñar el significado de una imagen. Pero sobre todo, es necesario aceptar (y no a todo el mundo esto le gusta) que el punto final es realmente uno de partida.

La película tiene, pues, un movimiento constante, una vaivén a primera vista no claro entre diferentes momentos y lugares de la vida de Julieta, en donde vemos cómo la mujer serena del comienzo, a partir un encuentro fortuito en una calle madrileña, se va recreando a sí misma a través de ese ejercicio, tantas veces penoso, de mirar el pasado y sus rezagos. Este proceso, expresado como una extensa carta, es la columna vertebral de la historia: una correspondencia pendiente a un destinatario ausente (la hija de Julieta desaparecida por doce años), donde el ejercicio silencioso y solitario de recapitular la propia historia parece ser la única manera de encontrarse sí misma. Parece claro, como Almodóvar lo ha dicho al referirse a la película, que se trata de una reflexión sobre el dolor en la propia vida. El dolor real, no el melodramático (al que también el mismo director ha apelado antes en sus películas); ese dolor causado por los silencios y las ausencias, el que con los años va dejando una huella sutil pero palpable; ese dolor de madre que puede terminar siendo una locura enmascarada en el amor.

Por esto mismo Almodóvar ha querido que Julieta fuese un “drama seco”. Las dos actrices que representan a Julieta (el uso de dos actrices, además de querer mostrar el paso del tiempo de modo más real, es un tributo a Luis Buñuel en Ese oscuro objeto de deseo (1977)) han hecho un esfuerzo notable por mostrar un dolor contenido, carente de lágrimas (por indicación explícita del director), en donde un rostro hierático hablase más del dolor que uno desfigurado. Parecía indispensable que frente a los dolores tan grandes como los que acaecen en la vida de Julieta (y de tantas “Julietas” que existen en este mundo), la aproximación fuerte prudente, respetuosa, casi solemne.

Julieta es, creo yo, una cruda declaración sobre esa parte de la existencia que implica que ésta irremediablemente duela y sobre la necesidad de abrazarla. Sobre todo el ser capaces de aceptar que estos dolores causados por la partida de quienes uno ama (y que no siempre entiende) no tiene ya ningún encuentro, palabra, remordimiento, que los pueda curar del todo.

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A pesar de que la música suele ser uno de los fuertes de las películas de Almodóvar, no ha sido uno de los elementos más llamativos de Julieta en particular. A pesar de esto, la canción final, Si no te vas, en la desgarradora voz de Chavela Vargas ha hecho, una vez más, que una melodía antigua esté conectada con un pedacito del universo del director manchego.

“Hay cuanto diera yo
por verte una vez más,
amor de mi cariño.
Por Dios que si te vas
me vas a hacer llorar,
como cuando era un niño.
Si tú te vas
se va a acabar mi mundo,
el mundo donde sólo existes tú.
No te vayas, no quiero que te vayas,
por que si tú te vas,
en ese mismo instante
muero yo”.

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