THE ACT OF KILLING (2012)

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Esta mañana todo tenía sentido. Las palabras paz, altruismo, vida, humanidad no parecían una mala broma. Después, a las 6:03 p.m. me senté a ver The Act of Killing (2012). Es el primer trabajo que yo conozco del director norteamericano Joshua Oppenheimer. Este documental está atravesado por un hecho particular: entre 1965 y 1966, un brazo militar de ultraderecha mata a más de un millón de comunistas en Indonesia; hombres del mismo país se arman para asesinar a los disidentes de su partido paramilitar. Estos hombres son respetados y temidos en el país y representan una historia importante…se unen a Oppenheimer porque quieren contar su historia, quieren mostrar a las personas cómo ellos también saben ser gángsters…Todo el documental retrata la forma en que estos hombres, sobre todo Anwar Congo y su amigo Herman Koto, producen una película que muestra su victoria sobre el terror comunista.

Vi este producto audiovisual en un lugar público, hace tan solo dos horas. Me asaltaron muchas emociones. Una primera era un debate entre el deseo de reírme de esa suma de absurdos y las ganas de llorar por esta humanidad que encarnamos todos, que encarnan esos asesinos. Tampoco sabía si irme –como algunos valientes en la sala– o quedarme, como quien paga para ver la sangre de los toros y el sudor de los toreros. Realmente me sentí hipócrita: me alarmaba y me ofendía la tranquilidad con que estos hombres nombraban su pasado, narraban las violaciones, las formas de tortura, los métodos de homicidio, las preguntas y los cálculos que hacían sobre personas como si fuera sobre ganado o lápices de colores. ¿De dónde la hipocresía que yo sentía? Pues, yo, alejada del mundo real, el de mierda, el que apesta, me escandalizo con una película. ¿De qué sirve salir de la sala, si todo sigue afuera como se ve adentro?

Quería salir de la sala porque entendí al hombre: su naturaleza es mala, cada vez que puede, ejecuta el mal y lo disfraza con palabras, con demagogia. Me imaginé por un segundo a un paramilitar colombiano queriendo hacer una película de sus historias y hazañas: ¿qué locaciones buscaría?, ¿cómo recordaría las lágrimas de las mujeres violadas?, ¿querría un actor a quien enseñarle cómo suena un cuerpo cuando lo parte una motosierra? Quería salir de la sala porque tenía ira del mundo: ¿por qué no cuentan estas historias más a menudo? ¿por qué no regulan la fertilidad de esta miserable población mundial contándole a todo el público que la muerte es más fácil que la vida?

El documental es una experiencia dolorosa: física y espiritualmente. Tengo cefalea por la suma de imágenes de preproducción y de posproducción: una serie eterna de simulaciones de violencia en donde el victimario debe hacer el rol de víctima pues los posibles actores naturales fueron asesinados por él mismo. Tengo náusea, como la que siente el mismo asesino Anwar, porque toda la sangre de la película fue ficticia pero no necesité imágenes reales para figurarme el profundo pánico que experimentaban los hombres y las mujeres cegados, acribillados, desollados, ahogados, estrangulados por la extrema derecha de su propia nación. Tengo ira: quería levantarme de la sala y dejar la película inconclusa (¿qué más puedo ver que no me haya mostrado Joshua?)…pero ganó el morbo, el deseo de ver si el final restauraba a las víctimas. Tal vez así fue, pero yo estaba demasiado enferma para notarlo; para mí, lo único que se restauró es la idea de que el hombre es un gusano miserable y la vida es una escena en que unos actúan la muerte y otros pagan por verla.

A las 8:49 p.m. terminó la película…la vida sigue. Eso también me lo enseñó el docu: los asesinos ya son padres de hijas que tienen Blackberry y que van por los centros comerciales con calma y dicha; los asesinos son abuelos que muestran a sus nietos escenas de esa obra que estelarizan; los cómplices hacen entrevistas por televisión en que alaban a los asesinos por descubrir métodos cada vez más silenciosos de matar comunistas; el país sigue en la inmundicia y se comercian migajas por votos y por autismo. En fin, que quedé abrumada por tanto color, tanto sonido, tanta realidad en tan poco tiempo –pero fue tanto tiempo ahí, en esa sala–. Anwar Congo cuenta que hay muy pocas noches en que duerme: siente que el karma le impide descansar, tiene pesadillas con los hombres que mató…¿qué me separa de él? Si hago parte de su mismo mundo…si uso el olvido para superar la realidad, ¿qué me diferencia de él?

Quiero terminar reportando dos cosas: (1) dejo estas notas calientes, tal como salen de mi sien latiente. Eso solo quiere decir que mañana me arrepentiré, pero es justo lo que quiero evitar, que el olvido me censure… (2) los invito a ver el documental…para mí, es una experiencia necesaria. Anhelo leer sus versiones de la desazón… Entiendo ahora al hombre que presentó la cinta hoy: ha dicho ‘no espero que la disfruten, solo que la vean’.

 Yo la vi y espero que ustedes hagan lo propio. Y, sobre todo, que lo narren después. Yo la vi y ahora solo sé que esta mañana todo parecía tener sentido.

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