GOOD BYE LENIN (2003)

Debía realizar un guión para entregar en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid donde analizaba completamente la película Good Bye Lenin! (2003) La conocí a fondo, supe todos los vericuetos del filme, pero me desconecté de su verdadero encanto. Así que lo que escribo a continuación es una reconciliación con Good bye Lenin!, lejos de todo ejercicio acartonado y académico, rígido y poco espontáneo.

Cuando vi este film por primera vez en la Universidad de Antioquia en Medellín, entre jubilados del sindicato de profesores y compañeros del movimiento estudiantil, mientras las niñas (bien feministas esos sí) pintaban carteles y hacían el almuerzo colectivo, no alcanzaba a entender la belleza de la película y ese contexto. Efectivamente presenciaba una despedida, un adiós inventado de todo un movimiento, de toda una ideología, de una revolución, del socialismo a ultranza que dividió el mundo, pero que dejó en la memoria de miles de veteranos revolucionarios, la idea de que esta pequeña tierra que orbita ese inmenso sol, pudo ser socialista y no lo fue.

Para los que crecieron escuchando a Silvio Rodríguez y su tío hippie les regaló Diarios de Motocicleta, asistirán con nostalgia a Good Bye Lenin! Y luego de verla quedarán, tal vez, con una insistente necesidad de escuchar The Wall de Pink Floyd. Porque esta película repasa el otro lado, el más allá del muro, te cuenta un cotidiano, te ilustra con nostalgia y comedia de manera magistral lo que no nos contó occidente, lo que se calló el capitalismo.

El español Daniel Brühl, cuyo nombre completo es Daniel César Martín Brühl González Domingo, (y que ha estado en el gran reparto de películas como Bastardos sin gloria de Quentin Tarantino personificando a un héroe de guerra convertido en estrella de cine que seduce a la bella Shosanna) es quien encarna el personaje principal del filme. Uno se encariña con este personaje desde que comienza la película y se identifica con su juventud. Yo era pequeña en el año 89, pero recuerdo cuando cayó el muro y recuerdo a un Gorvachov derrotado. Alexander Kerner, el personaje principal de esta pieza visual, encarna una época, el deseo de libertad y de cambio de la Alemania fragmentada, el final de la Guerra Fría, el “we don´t need no thought control”.

Los elementos que hacen del filme no solo una película de entretenimiento sino todo un documento histórico, son múltiples. La gracia con que Wolfgang Becker, el director, nos muestra este complejo asunto, es magistral. A través de un elemento cotidiano hace un enlace histórico y nos ubica en la Berlín de 1978 y hace un puente de hechos históricos a 1989 para decirnos que estamos presenciando el fin de una era, sin contarnos de muertes trágicas de personas que intentaban atravesar el muro o historias cansadas de espionajes (pero majestuosas eso sí) o de historias que repasan los archivos de la stasi y del remarcado conflicto de la Segunda Guerra Mundial. No. Wolfgang Becker quiere recrear la vida de una familia socialista de la República Democrática Alemana a través de un drama y lo sazona con los elementos más cotidianos de ese país, la Alemania Oriental, la que vio el mundo fragmentado una mañana del 13 de Agosto de 1961.

La madre de Alexander Kerner, Christiane Kerner, sufre un infarto en el momento en que ve a Alex capturado en una represión de una marcha en contra del muro y que reclamaba la libertad de prensa. Christianne Kerner luego del impacto de ver a su hijo represado, entra en un coma profundo durante ocho meses, tiempo en el cual, la sociedad que conoce cambia radicalmente, cae el muro y los camaradas socialistas quedan en el olvido junto con el partido marxista-leninista que proclama un socialismo del pueblo para el pueblo. Para evitar un nuevo impacto a esta mujer que ama su patria socialista, Alex decide ocultarle la verdad cuando su madre despierta del coma y queda delicada de salud. Comienza por reconstruir el mundo cercano y luego cambia la historia completa, los hechos históricos el mundo entero. Para contar esta historia tenemos un elemento transversal: el televisor. El mundo de afuera lo conocemos a través de ese aparatejo que nos dice qué creer. Pues bien, Alex lo usa para contarle a Christianne lo que ella quiere escuchar y lo que muere creyendo: que el triunfo del socialismo sobre el capitalismo fue inminente y que occidente comprendió de la noche a la mañana que la conciencia de clase era más importante que el consumo masivo, la fragmentación y la división social. Eso fue lo que Alex le hizo creer a su madre cuando volvió del coma para morir en el otoño de 1990.

Adiós a Lenin

Recreando la República Democrática Alemana, con sus Trabant, el carrito pequeño de la Volkswagen que hemos visto en tantas películas, con la música de Yann Tiersen melancólica que acompaña la narración de un guión hecho con el alma, que le da la mano gentilmente a Lenin que se eleva por los aires y dice adiós como quien mira el álbum de fotos de la abuela y siente la nostalgia de lo que pudo haber sido, en el recuerdo en sepia de todo aquello por lo cual luchó y en todo aquello en lo que una vez creyó, Wolfgang Becker nos enfrenta a los libros de historia y nos hace del mundo una ficción. Nos regala un documento para la memoria y nos lleva a un paralelo, al fin que persiguieron los abuelos del siglo XX cuando éramos unos niños, la idea de que el capitalismo venía del acero errado. Los pasos del pueblo que unido sería el gigante que aplastaría al monstruo de acero quedan reivindicados justamente en este argumento para la memoria. Este film no es una historia más de conspiraciones en la Guerra Fría. Este film viene del cotidiano, de un pedacito de Berlín para el gran mundo de occidente.

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