BIG FISH (2003)

big-fish-movie-poster

Tim Burton es uno de esos directores que imprimen carácter a cualquier cosa que hacen. Sus películas, no sólo las dirigidas, sino también las producidas, tienen ese aura oscura, demencial y fantástica que casi cualquier espectador atento puede identificar sin dificultad. Mi primer recuerdo (bastante claro) de una película de Burton es de uno de sus clásicos: Edward Scissorhands (1990, trailer). ¡Qué película tan soberbia! Era muy niño la primera vez que la vi, por lo cual en ese momento me sorprendió que alguien tuviera esa cuchillas en las manos (“¿por qué no tiene dedos?”), que las moviera con tanta facilidad para cortar árboles (“¡y también pelo de humanos y de animales!”) y que tuviera su lívida cara llena de cicatrices. Siendo un poco más grande, me impactó por otras razones menos superficiales: la profunda tristeza de aquel joven abandonado que una señora encuentra por causalidad en una esquina recóndita de aquella casa vieja, la simplicidad de la escenografía de la película (¡me encanta la arquitectura de esta ciudad”!) y varias escenas impactantes por su significado, especialmente aquella en la que Edward atraviesa con sus propias “manos” las otras más humanas que estaban listas para serle puestas. ¡Qué buenos recuerdos! Creo que me he emocionado un poco recordando y esta entrada no es sobre este Edward, sino sobre otro, el de otra gran película de Burton: Big Fish (2003).

Con mi mejor amigo siempre hablamos de esta película, porque tanto él como yo (por algunas razones comunes y por otras disímiles) nos conmovemos, a veces hasta las lágrimas, viéndola. Big Fish habla de la vida de Edward Bloom, un hombre de Alabama interpretado por Ewan McGregor en la juventud y por el gran Albert Finney en la vejez (el primero inglés, el segundo escocés: paradojas). Edward Bloom se ha pasado la vida tratando de devorarse el mundo, con la convicción de no ser un pequeño pez dorado atrapado en una minúscula pecera, sino de ser un gran pez imposible de atrapar. Desde que salió de su pequeño pueblo hasta el momento de su enfermedad en la ancianidad, ha vivido un sinnúmero de experiencias, que él disfruta contar con su versión propia. Edward narra irrepetible e incansablemente a todas las personas aquellas aventuras vividas, dándonos a nosotros la oportunidad de adentrarnos en ellas a través de la increíble imaginería que, “pintada” por Burton, se utiliza para recrearlas: la llegada de Edward, después de una tormenta que ha dejado su automóvil en un árbol, al extraño pueblo de Spector, cuya avenida principal está tapizada de un verde prado por donde todos los habitantes caminan descalzos; el campo repleto de narcisos para proponerle matrimonio a la mujer que amó desde una noche cuando ella detuvo el tiempo durante una función de circo; la visita a la aterradora bruja cuyo ojo revela la muerte de quien se atreve a mirarlo; el encuentro con las siamesas asiáticas que bellamente cantan en medio de la guerra… ¡A todos fascinan aquellas historias, incluso a nosotros! Sin embargo, el hijo de Edward, William (Billy Crudup), no las soporta, pues no cree que ninguna de ellas sea cierta. Tanta molestia le causa que decide dejar de hablarle a su padre durante varios años, silencio roto únicamente cuando su madre, Sandra (la increíble y fascinante Jessica Lange), le informa que está enfermo de un cáncer terminal. El conflicto entre padre e hijo (el punto más verosímil, digamos, de toda la historia) atraviesa la película entera y nos va llevando hasta el gran epílogo donde no podemos resistirnos más a las lágrimas.

Uno podría decir que Edward es un mentiroso compulsivo o un ególatra, pero creo que la película no se trata de esto. Es más bien, sobre cómo se hace una lectura de la vida. En otras palabras, las de Gabriel García Márquez en “Vivir para contarla”: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. La vida de Edward es como él la recuerda y la relata. ¿Verdad o mentira? No es la pregunta apropiada, pues se trata más bien de qué vida se opta vivir, como queda claro en aquel pequeño diálogo redentor entre Will y el médico que lo vio nacer.

Pues esta película llena de tantas metáforas, a mí me despierta muchas cosas, pero principalmente dos. Primero, esa sed de vivir, de ser realmente feliz, de llegar al final de mi vida (cuando sea) con aquella alegre certeza de haber vivido lo que anhelaba. Mis entrañas se remueven por aquel deseo tan hondo de asir lo inasible, de alcanzar lo inalcanzable, de realizar lo irrealizable. Ése es el motor de la vida, aquello que nos hace a todos hombres y mujeres sedientos, perennemente sedientos de vida, de amor, de sentido. Todos estamos llamados a ser un “gran pez”, pero para eso debemos romper aquella pequeña pecera en donde, nosotros mismos, los otros o nuestra historia, muchas veces intentan meternos. Y, segundo, esta historia me despierta una necesidad de reconciliarme con las personas, en concreto con mi papá. Mi papá no es como Edward, pero en el fondo mi lucha siempre ha sido aceptarlo como él es. A veces uno lucha mucho por exigirle a los demás que sean ellos mismos para uno empezar a amarlos realmente, pero en esta pugna interna se le va escapando la belleza que se tiene en frente. Creo que nunca terminaré este proceso de amar a mi papá tal como es, pero cuando tengo pequeños destellos, lindos, en que puedo hacerlo, me conmuevo hasta las lágrimas.

Si bien no todas las películas son obras maestras y en su lista de producciones hay algunas que quisiéramos olvidar, Big Fish es una película grandiosa, imperdible. Recomendadísima para quienes no la han visto o la vieron hace tiempo.

4 comentarios sobre “BIG FISH (2003)

Agrega el tuyo

  1. Big Fish es posiblemente una de mis películas preferidas. Todos sus detalles, la sutileza de los diálogos, las metáforas infantiles, la cantidad de colores y las historias maravillosas siempre me atrapan. Es la tercera vez que la veo, y es la tercera vez que me conmuevo y lloro sentidamente.

    ¿Cómo no?

    Claro, lo que estaba intentando, y por lo que compré el DVD y volví a verla era para poder responderme a esa pregunta.

    Podría inicialmente pensar que la película me recuerda mi nula relación con mi papá… Sí y no. Sí, porque evidentemente la lucha padre-hijo es fundamental en la trama, y no porque creo que lo que para mí es más profundo en la película es lo que yo quiero hacer con mi vida. Los que me conocen saben que siempre he querido ser papá, y sobre todo ser abuelo. Desde la educación sé que logro “afectar” positivamente a otros, pero acá se me invita a afectar específicamente a esos otros, a mi propia descendencia. Suena ridículo y podría pasar por cursi, pero me enternece el alma pensar en el término de mis días rodeado de mi familia, contándoles historias, tal y como lo hace Edward.

    No la duden en ver, seguro les encantará.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Sitio web ofrecido por WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: